La mentira se alimenta en la oscuridad del apagón
La mentira se alimenta en la oscuridad del apagón
Entre el caos y la falta de respuestas claras, los bulos se hicieron más fuertes, revelando la vulnerabilidad de la sociedad ante la desinformación.
El 28 de abril de 2025, millones de personas en la península ibérica descubrieron lo que significa quedarse a oscuras… literalmente y también en lo informativo. El colapso energético que paralizó España y Portugal se convirtió en pocas horas en el caldo de cultivo perfecto para bulos, teorías conspirativas y noticias falsas. El país no solo sufrió un apagón eléctrico, sino también un apagón de certezas.
Entre el caos, los rumores y los silencios institucionales, el fenómeno reveló hasta qué punto la desinformación condiciona nuestra percepción de la realidad: trenes detenidos, quirófanos paralizados, redes de comunicación interrumpidas. Aunque el servicio fue restablecido a lo largo de la tarde-noche, el apagón evidenció no solo la fragilidad de las infraestructuras energéticas, sino también la facilidad con la que los rumores se expanden ante cualquier vacío.
Un terreno abonado desde 2021
Paradójicamente, el bulo del “gran apagón” no era nuevo. En otoño de 2021, ya se viralizó una teoría que advertía sobre un supuesto colapso energético en toda Europa. El Ministerio de Defensa de Austria llegó a alertar sobre interrupciones prolongadas en el suministro, y en España comenzaron a circular vídeos y audios que recomendaban almacenar víveres, linternas y velas. Aquella predicción no se cumplió, pero sembró una inquietud latente que se ha reactivado cuatro años después con el apagón real. “En este caso, la desinformación no llega después del hecho, sino que lleva años gestándose. Cuando el suceso ocurre, el terreno ya está abonado”, explica Clara Jiménez Cruz, cofundadora de la plataforma de verificación Maldita.es. “La gente no parte de cero, parte de una narrativa previa que ya ha interiorizado”.
Así, cuando el 28 de abril se produjo el apagón, los ciudadanos no solo buscaban respuestas, sino que ya tenían algunas listas para creer. En las primeras horas circularon audios alarmistas en WhatsApp que hablaban de un ciberataque ruso, vídeos en TikTok sobre un supuesto sabotaje interno y hasta teorías religiosas que lo atribuían a un “castigo divino”. Ninguno de estos contenidos tenía base real, pero su viralidad fue inmediata.
El poder de lo falso
La rapidez con la que se difundió el falso relato tiene una explicación científica. Un estudio publicado en Science en 2018 por Soroush Vosoughi, Deb Roy y Sinan Aral analizó más de 126.000 historias difundidas en Twitter durante una década. La conclusión fue demoledora: las noticias falsas tienen un 70 % más de probabilidades de ser retuiteadas que las verdaderas y llegan más lejos en menos tiempo.
Según los investigadores, no son los bots los principales responsables, sino el comportamiento humano: la falsedad suele apelar más a la novedad y a las emociones. “La falsedad se difunde significativamente más lejos, más rápido, más profundamente y más ampliamente que la verdad, en todas las categorías de información”, afirma el estudio.El apagón de abril lo confirmó. Mientras los técnicos de Red Eléctrica trabajaban a contrarreloj para restablecer el sistema, el desconcierto se apoderó de la ciudadanía.
Según los informes preliminares, todo comenzó con una caída súbita de la generación renovable, especialmente la solar, provocada por un cambio atmosférico brusco. Francia, al detectar inestabilidad, desconectó su interconexión con la península para proteger su red. Marruecos fue clave en el “arranque en negro”, permitiendo recuperar parte del suministro.
Más que datos, cultura crítica
Pero la desinformación no se combate solo con datos. La psicóloga Elizabeth Loftus sostiene que las personas no recuerdan los hechos tal como ocurrieron, sino como los interpretan en función de su entorno, emociones y creencias. Cuando esas creencias están moldeadas por el miedo o la desconfianza, desmontar un bulo se vuelve aún más difícil.
Por eso, el desafío no es solo informativo: es cultural y educativo. Combatir los bulos requiere más que verificadores, exige una ciudadanía formada, medios responsables e instituciones que comuniquen con claridad y rapidez. El apagón del 28 de abril ha sido una crisis energética, sí, pero también una prueba de estrés para el sistema informativo. Dejó a la vista tanto las vulnerabilidades de las infraestructuras eléctricas como las del ecosistema mediático. Mientras se buscan las causas técnicas que provocaron el colapso, queda una certeza: frente al próximo apagón —sea real o imaginado—, no solo habrá que proteger la red eléctrica, sino también blindar la verdad.
Y en ese objetivo, las instituciones no estuvieron a la altura del momento. La falta de comunicación clara, coordinada y temprana por parte de los organismos responsables alimentó el vacío informativo que rápidamente fue ocupado por el ruido de los bulos. En lugar de ejercer un papel tranquilizador y esclarecedor, muchas autoridades tardaron en reaccionar o se limitaron a mensajes ambiguos que solo generaron más incertidumbre. En un contexto donde cada minuto sin información fiable alimenta la especulación, su inacción tuvo un coste alto.
Además, el corte eléctrico dejó a millones de personas sin acceso a internet ni redes sociales, lo que devolvió protagonismo a medios tradicionales como la radio —que volvió a ser una ventana vital en medio del caos— y al boca a boca, que intentaba transmitir lo que ocurría entre vecinos, familiares o en las calles, con una mezcla de verdad, suposición y miedo. El apagón digital evidenció cuán dependientes somos de plataformas tecnológicas, pero también demostró que, cuando todo falla, aún hay formas de comunicación que resisten, aunque vulnerables a la desinformación si no se respaldan con fuentes fiables.
Por eso, el reto de cara al futuro no solo pasa por reforzar las infraestructuras eléctricas o planificar protocolos técnicos más robustos. También exige una estrategia comunicativa eficaz, instituciones transparentes y una ciudadanía formada para distinguir entre hechos y ficciones. El apagón terminó, sí, pero su eco persiste. Y si algo ha quedado claro, es que no basta con restablecer la energía: también hay que encender otras luces, las del pensamiento crítico, la responsabilidad colectiva y el compromiso con la verdad.


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